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Foto de Ella Olsson en Pexels

Estrategias nutricionales para tratar el hígado graso no alcohólico

Dentro de los efectos causados por la pandemia de obesidad en el mundo, está la detección de enfermedades cuyos orígenes pueden estar relacionados, entre otros factores, con el sobrepeso y la acumulación de grasa.

Entre ellas está la patología del hígado graso no alcohólico, que es sufrida por un porcentaje elevado de adultos, y que en un veinte por ciento de ellos puede desembocar en cirrosis. Cerca del 30% de la población adulta a partir de los 40-50 años puede sufrir de hígado graso.

Al igual que otras patologías del citado síndrome, es asintomática, por lo que resulta difícil de detectar si no se realizan pruebas diagnósticas en la zona o análisis de sangre, en los que el alto nivel de transaminasas puede sugerir su presencia.

Como dolencia ligada a un inadecuado estilo de vida, la introducción de una alimentación sana y el ejercicio (la receta conocida por todos, pero no por ello suficientemente practicada) puede contribuir a evitar, paliar o incluso revertir este síndrome si el paciente no se encuentra en los estadios más avanzados.

Para hacerle frente, y teniendo en cuenta que se trata de una enfermedad descubierta hace poco tiempo, se están abordando investigaciones en diversas líneas, tanto para tratamientos de orden farmacológico como para definir la dieta más adecuada.

En cuanto a la dieta, desde hace un tiempo se ha apuntado que una dieta rica en determinado tipo de vegetales, como los crucíferos, podría ayudar a la disolución rápida de la grasa.

Ahora, otro estudio reciente ha apuntado que una alimentación baja en calorías, pero con presencia importante de proteína de origen vegetal, puede contribuir también a la desaparición del tejido adiposo del hígado. De hecho, consideran que «una dieta alta en proteínas vegetales en más efectiva incluso que una basada en menor consumo de este tipo de proteínas».

En cualquier caso, los estudios nos vienen bien para recordar que son muchas las enfermedades silenciosas que afectan gravemente a nuestro organismo como consecuencia del exceso de peso. Lo más negativo es que la falta de síntomas provoca que a menudo se traten cuando ya han causado daños casi irreversibles. Pero, como siempre decimos, resulta esperanzador saber que un cambio activo en nuestra alimentación y movilidad puede contribuir a evitarlas.

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