Esta interpretación no solo es incompleta, sino que puede generar culpa y dificultar la búsqueda de soluciones eficaces. Hoy sabemos que la obesidad es una enfermedad compleja en la que participan numerosos factores: la alimentación, la actividad fÃsica, el sueño, el estrés, algunos medicamentos, el entorno social y, de manera muy importante, la genética.
No todas las personas parten del mismo punto. Algunas tienen que realizar un esfuerzo considerablemente mayor para controlar el apetito, mantener un peso estable o responder a un tratamiento.
¿Qué significa que la obesidad puede heredarse?
No heredamos un peso concreto ni un destino inevitable. Lo que podemos heredar es una mayor predisposición a ganar peso cuando se dan determinadas condiciones ambientales.
Actualmente, se han relacionado más de 3.000 variantes genéticas con la predisposición a la obesidad. Estas variantes pueden influir en procesos como la regulación del hambre, la sensación de saciedad, la respuesta ante alimentos muy apetecibles, la acumulación de grasa o el gasto energético. Las estimaciones recogidas sitúan entre el 40 % y el 70 % la contribución genética a la propensión a desarrollar obesidad, aunque este porcentaje varÃa según la población y el método de estudio.
Esto ayuda a explicar por qué dos personas pueden seguir pautas aparentemente similares y obtener resultados diferentes. Una puede sentirse satisfecha después de una comida moderada, mientras que otra vuelve a experimentar hambre poco después. Algunas personas pueden ignorar con facilidad los estÃmulos alimentarios, mientras otras sienten una respuesta mucho más intensa cuando ven, huelen o prueban determinados productos.
La genética no elimina la capacidad de actuar, pero sà condiciona el grado de dificultad.
Lo que revela el estudio de las familias noruegas
Una investigación publicada en junio de 2026 en PLOS Medicine analizó la relación entre el Ãndice de masa corporal de los padres y el peso, el IMC y algunas conductas alimentarias de sus hijos. El trabajo utilizó datos de hasta 85.866 niños de la cohorte noruega de madres, padres e hijos.
Los resultados indicaron que la herencia genética explicaba una parte mayoritaria de la relación entre el IMC de los progenitores y el de sus hijos desde los seis meses hasta los ocho años. A esta última edad, los factores genéticos explicarÃan aproximadamente el 79 % de la relación con el IMC materno y el 94 % de la relación con el paterno.
Estas cifras no significan que el 79 % o el 94 % del peso de un niño esté predeterminado. Indican que, dentro de la población estudiada, gran parte de la asociación entre el IMC de padres e hijos podÃa atribuirse a caracterÃsticas genéticas compartidas.
Los investigadores también encontraron asociaciones entre un mayor IMC parental y determinadas conductas relacionadas con la comida, como una mayor respuesta ante los alimentos o una tendencia más acusada a comer por motivos emocionales. No obstante, los análisis sobre comportamiento alimentario tuvieron menor potencia estadÃstica y deben interpretarse con prudencia.
Los genes no han cambiado, pero el entorno sÃ
El gran aumento de la obesidad durante las últimas décadas no puede explicarse por una transformación repentina de nuestros genes. Lo que ha cambiado es el entorno en el que esos genes se expresan.
Actualmente vivimos rodeados de productos muy accesibles, energéticamente densos y especialmente apetecibles. A ello se suman el sedentarismo, la falta de sueño, el estrés crónico, los horarios desordenados y la reducción de la actividad fÃsica cotidiana.
Una predisposición genética que hace varias décadas podÃa pasar casi inadvertida puede manifestarse con mucha más intensidad en un ambiente de estas caracterÃsticas. El entorno influye en la frecuencia general de la obesidad, mientras que la genética ayuda a explicar qué personas tienen una mayor probabilidad de desarrollarla dentro de ese entorno.
¿Cómo actuar ante una predisposición familiar?
Conocer que existe una tendencia familiar no debe llevar a la resignación. Al contrario, permite intervenir antes y diseñar estrategias más realistas.
El primer paso es estructurar la alimentación. Conviene basar las comidas en verduras, legumbres, proteÃnas de calidad, frutas, frutos secos y otros alimentos poco procesados. La presencia suficiente de proteÃnas y fibra ayuda a mejorar la saciedad y reduce la necesidad de picar continuamente.
También es importante modificar el entorno doméstico. No se trata únicamente de resistir tentaciones mediante la voluntad. Cuando los productos ultraprocesados están siempre disponibles, visibles y preparados para consumir, el esfuerzo necesario para evitarlos aumenta.
La actividad fÃsica debe combinar entrenamiento de fuerza, ejercicio aeróbico y movimiento cotidiano. Conservar la masa muscular favorece la autonomÃa, mejora la sensibilidad a la insulina y ayuda a mantener un gasto energético adecuado, especialmente a partir de los 40 años.
El sueño y el estrés también deben formar parte del tratamiento. Dormir poco o vivir sometido a una tensión constante puede alterar el apetito, empeorar las decisiones alimentarias y reducir la adherencia al ejercicio.
Cuando existe obesidad importante, diabetes, hipertensión, dolor, limitaciones fÃsicas o numerosos intentos fallidos de pérdida de peso, es recomendable realizar una valoración médica. Algunas personas pueden necesitar apoyo nutricional, entrenamiento supervisado, tratamiento psicológico o medicación especÃfica. La respuesta a los tratamientos no es idéntica en todos los pacientes y también puede estar condicionada por diferencias biológicas y genéticas.
Por tanto, la genética ayuda a entender por qué algunas personas deben esforzarse más. No convierte la obesidad en un destino inamovible, pero demuestra que no puede reducirse a una cuestión de voluntad.
