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Hacia una erradicación del consumo habitual de alcohol

Hace dos meses salía a la luz un extenso trabajo realizado sobre el consumo de alcohol en el mundo entre los años 1990 y 2016 en un amplio abanico de grupos de población. La principal conclusión que se destacaba de esta investigación es que no se han encontrado evidencias de que un consumo moderado de alcohol tenga algún beneficio para la salud.

Por el contrario, el trabajo confirma la relación directa de la ingesta regular de bebidas alcohólicas con enfermedades vasculares, algunos tipos de cáncer e incluso con la muerte prematura, algo que ya se ha hecho también patente en numerosos estudios. La cuestión es que estas evidencias han incrementado la reflexión social sobre los límites del consumo de esta sustancia.

Desde hace décadas, las autoridades están realizando un enorme esfuerzo por concienciar a la sociedad sobre la conveniencia de llevar una vida sana. Se ha librado una larga batalla contra el tabaco, que hasta hace pocos años estaba totalmente asentado entre los ciudadanos adultos. En general, se ha conseguido transmitir la idea de que el tabaco es muy perjudicial para la salud, aunque los datos de consumo aún arrojan resultados inquietantes.

Asimismo, más recientemente se está trabajando en la educación nutricional. Hoy día abunda la información y las campañas sobre la alimentación equilibrada y saludable, pese a que el estilo de vida occidental, trasladado al conjunto del planeta, muestra un constante crecimiento de la sociedad. Pero el asunto está muy presente en el debate público y cada vez son más personas las que intentan comer mejor. Como especialistas, sabemos que hay otros muchos factores que explican el sedentarismo y el sobrepeso, pero en el plano de la sensibilización, vamos por el buen camino.

Sin embargo, el alcohol ha quedado hasta ahora un poco apartado del debate. Quizá no tanto con respecto a las bebidas de alta graduación, cuyo consumo es más restringido, pero sí en relación con el vino o la cerveza, que por sus implicaciones sociales y culturales todavía gozan de una altísima tolerancia. Incluso, hemos conocido muchas campañas promovidas por los grupos de interés de estos sectores que nos hablaban hasta de efectos beneficiosos en la salud.

La verdad es que salvo los casos que menciona el doctor Martínez en su libro Salud a Ciencia Cierta (y con muchas salvedades), no hay claros motivos para ser un bebedor habitual, ni siquiera moderado. De hecho, lo mejor es no beber absolutamente nada de alcohol, al igual que debemos prescindir por completo de cualquier sustancia nociva para el organismo.

Es evidente que el alcohol queda fuera de cualquier cura de adelgazamiento, como también está excluido si desarrollamos una actividad deportiva regular en la que nos marcamos unos objetivos. De hecho, si prescindimos de la ingesta de bebidas alcohólicas durante un tiempo y las tomamos en una ocasión, enseguida descubrimos sus negativos efectos, por moderada que haya sido la toma.

Del mismo modo que ocurre con la comida, las circunstancias sociales pueden empujar a que puntualmente tomemos una copa, pero no se puede convertir en un hábito recurrente. Resulta difícil mantenerse a raya en una comunidad que todo lo celebra a base de opulencia, pero la evidencia científica está ahí y es incontestable. Por lo tanto, si te subido al carro de la vida saludable, elimina el alcohol de tu cesta de la compra.

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