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Prevenir las enfermedades graves

prevención
Todos tenemos un “reloj biológico”. Después de alcanzar la plenitud, nuestro organismo empieza una fase de declive que nos llevará hasta la vejez y la muerte. Es ineluctable. Sin embargo, podemos influir en ese proceso para que sea más o menos rápido y para que mantengamos la mejor calidad de vida posible en cada una de las fases de envejecimiento. En ello influyen las condiciones ambientales en que se desenvuelve nuestra vida (desde el clima, los agentes nocivos, o hasta el trabajo o las relaciones personales y familiares), la fatalidad que no podemos controlar, nuestra herencia genética y, cómo no, la relación voluntaria que mantengamos con nuestro cuerpo.

Cada vez tenemos más conocimientos para concluir que este apartado, nuestra conducta, nuestra actuación individual a favor o en contra del organismo desempeña un papel clave. Al fin y al cabo, a través de las decisiones que tomamos podemos influir en los demás factores que he citado y, sobre todo, podemos conducirnos por el camino de la salud. De hecho, es creciente la investigación que demuestra que detrás de muchas enfermedades graves hay causas relacionadas con el modo en que nos ocupamos de nuestro cuerpo. No son la única razón que explica la aparición del mal, pero sí tienen su importancia. Por ese motivo nos esforzamos tanto las autoridades sanitarias como los profesionales médicos en las campañas preventivas y en difundir las conductas de compromiso con la propia salud como la llave para erradicar o al menos minimizar el impacto de muchas enfermedades graves.

Porque llegan. El cáncer, en sus múltiples formas, las insuficiencias cardíacas, las dolencias del aparato respiratorio o digestivo, las enfermedades del sistema ósea o muscular, todas ellas llegan. ¿Quién no conoce a alguien cercano a quien de repente, y a una edad que hoy consideramos joven, le invade una patología grave, o incluso mortal a corto plazo? O nos ocurre a nosotros mismos. Tenemos la fortuna de que los avances médicos permiten luchar con eficacia contra muchas de esas dolencias, pero casi siempre a costa de un deterioro de la calidad de vida o un fallecimiento más prematuro. A la vez, sabemos que en cierta medida, parte de su proceso podía haberse evitado si el paciente hubiera sido más respetuoso con el templo que es su cuerpo. En otras épocas, a falta de tales evidencias, podía ser más difícil que los individuos asumieran su responsabilidad. Pero hoy día no caben excusas. Estamos obligados a cuidar de nosotros mismos, y más aún si ya hemos recibido alguna señal de nuestro cuerpo, que es muy sabio.

Y como suelo decir a mis pacientes en la consulta, el cuidado de la salud, en la mayoría de los casos, es muy sencillo y fácil de aprender. Quizá más arduo es que tomemos seria conciencia de ello, porque nos encanta hacernos las víctimas y dejar los buenos hábitos para mañana. En buena parte, nuestra salud depende de dos acciones básicas, lo que comemos y lo que nos movemos. Muchos pensaréis que es una gran obviedad, pero os aseguro que docenas de personas a las que he atendido no se lo habían planteado seriamente hasta que han empezado a trabajar conmigo. Porque no te quedes con la frase, sino con lo que encierra, que tiene numerosas implicaciones para tu día a día.

Esta reflexión me ha venido a la cabeza tras leer, por ejemplo, un artículo reciente que ha publicado la revista Obesity, dedicada a la investigación sobre la obesidad. En él se analizan los efectos positivos que tiene un programa de dieta y ejercicio físico en la recuperación de personas que padecen cáncer de mama, una grave dolencia que afecta a unas 22.000 mujeres al año en España. El estudio apunta a que quienes complementan el tratamiento médico con un estilo de vida saludable (realiza un experimento con una muestra de mujeres obesas, a las que se aplica una cura de adelgazamiento y a un programa deportivo), se recuperan mejor de la enfermedad. Para los investigadores, esta conclusión también apoya las evidencias de otros trabajos académicos que sugieren que mantener el peso a raya y hacer ejercicio contribuye a prevenir la aparición del cáncer y otras enfermedades graves.

Como os decía al comienzo, crecen y crecen las bases científicas que nos animan a llevar una dieta equilibrada y una vida activa para estar sanos y evitar las patologías más graves. Lo mejor de todo es que se trata de terapias al alcance de cualquiera, que rápidamente se traducen en bienestar y felicidad. ¿Qué más se puede pedir? No lo dejes para mañana.

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